CONTRACRÓNICA. Por fin entiendo a Cholo y a sus jugadores cuando han dicho con insistencia antes de partidos contra némesis de antaño que no jugaban para vengar a nadie, que no jugaban por sus mayores sino que jugaban por ellos mismos, sólo para seguir engrandeciendo el aura de un equipo campeón, el Atleti de Simeone. Sólo mirando con determinación al frente se puede repetir lo mejor del pasado. Cuando debes jugar con los dos ojos puestos en tu historia es que has dejado de ser grande para convertirte en histórico, una suerte de fósil futbolístico que sólo luce en los documentales.
Por fortuna Diego Pablo ha desempolvado las rayas rojiblancas, ha sacado brillo al orgullo de ser del Atleti y hoy ha conseguido una gesta más, van tantas que parece algo natural. El Atleti ganó al Bayern, por segundo año consecutivo en casa. Además lo secó en defensa. Además perdonó el 2-0 (varias veces). Claro que estuvo exigido por un rival formidable que tuvo sus ocasiones, pero por momentos lo desarboló con su ataque y en todo momento dominó en defensa. Pareció lo más normal del mundo que lo hiciera. Así de alta es la cima a la que ha elevado Simeone a su equipo.
Rummenigge el pasado marzo dio una muestra de lo que es vivir anclado a tu pasado y no respetar tu presente. Dijo que claramente Atlético y PSV no tenían calidad para enfrentarse entre sí en Cuartos de Final mientras equipos como la Juventus caían. Un mes después supo que vería la final desde casa, por la tele. Sun Tzu, el estratega militar chino de la antigüedad decía que «aquel que menosprecie a un rival inconscientemente caerá presa de ese enemigo». Si es que no aprenden.
La vanidad de Rumennigge en la previa se vio sublimada por Vidal en la vuelta. Ser pésimo ganador es peor aún que ser mal perdedor. Para recordarlo sólo hace falta subir por Concha Espina hasta el reino de la vanidad. Arturo Vidal, ese chileno de planta y actitud cholista, pero vacío de azotea espetó un «ganó un equipo que juega feo al mejor equipo del mundo», como si el fuera el mayor de los jugones.
«El fútbol no debe una Champions al Atleti» dijo Javi Martínez en la previa, tal vez sin malicia alguna pero que se apilaba a la expresión de soberbia de Vidal y a los desprecios previos de Rummenigge. El Atleti de Simeone por fin se ha sacudido (¿para siempre?) complejos y errores del pasado inmediato. Camina mirando con firmeza hacia adelante. Sus victorias y sus grandes noches no lo lastran con responsabilidad sino que le da alas; cada vez vuela más alto, cada vez vuela más firme.
Mi compañero Iván Fuente contaba en la previa que los germanos, ya no ningunean al Atleti. Ya no pueden. Philip Lahm no despreciaba un posible empate. Rummenigge había hecho propósito de enmienda desde el sorteo y decía que esperaba al menos no perder. El Bayern no olvidó el formidable Atleti defensivo de Múnich y se dio de cara con una versión mejorada que además atacaba como un grande. El duelo que echaría de menos en teoría a Douglas Costa redescubrió otro lateral al mundo del fútbol, un fabuloso Filipe Luis, quien junto a Carrasco y Oblak fueron los mejores del encuentro (en una noche en la que todos rayaron a gran nivel).
En la noche en el que la superestrella no estuvo a un grandísimo nivel, el resto de los jugadores se transformaron en Griezmann -por-un-día. Hoy por ti, mañana por mi… Cholismo en estado puro. Fue la noche que necesitaba Carrasco para terminar de creerse que si se trabaja y no sólo si se cree, se puede. El belga ofreció su mejor versión para derribar de nuevo (como hizo Saúl un año antes) los tópicos alemanes y los muros de los favoritismos. Fue la noche que volvimos a ver caer al Bayern en Champions. Algo tan atípico que sólo pasa en el Vicente Calderón. Ya lo decía Aretha Franklin «just a little bit» (sólo un poquito). Lee lo que pone en mi manga. R-E-S-P-E-C-T. Respect.
Fotografía: Esto es Atleti / Tania Delgado






















