CONTRACRÓNICA. Volvió la Champions. Volvió el sueño más grande que aún conserva el hincha atlético incumplido. Volvió el Atleti de Cholo a ese escenario tan enorme que no deja de ocupar con la misma naturalidad que si hubiera nacido con un balón con estrellas tatuado en un brazo. Volvió la victoria, dulce pero sufrida, gloriosa pero angustiosa. El Atleti no es un rodillo que aplasta, es ese púgil que te agota y te castiga en el higado y te gana a los puntos. Desde el tórrido verano, desde las cuestas de San Rafael, forja este rendimiento de grande que no se rinde y de equipo que siempre aparece. Pudo ganar, empatar o perder, pero jamás fue sospechoso de no darlo todo y por tanto no se le puede pedir más. Marcó el señor Ñíguez que juega en Europa con el mismo desparpajo como si fuera el patio del colegio: otro gol importantísimo, otra victoria por la mínima, otra vez Saúl.
La tupida clase media del PSV volvió a rendir a altísimo nivel. Si en la temporada pasada fueron Pröpper, Guardado, De Jong o Hendrix, esta vez fue el holandés Narsingh. Primero retó con éxito a Juanfran. En otra jugada dejó con la lengua fuera a Godín. A la tercera buscó a Giménez y le ganó la partida a Atkinson, engañándole para que pitara penalti. Paró con eslovena sangre fría y solvencia Oblak del que hablaremos luego. Pudo cambiar el partido justo en ese momento. Jan se encargó de que lo único que cambiara fueran los gestos en la grada: de esperanza a disgusto.
Maten a Gameiro
Hay días en los que me siento el agente de Kevin Gameiro. Verán, tengo el típico grupo de WhatsApp que comparto con familiares, en el que arreglamos el mundo y demostramos ser los que más sabemos de fútbol del mundo entero. Me veo, sin saber muy bien por qué, dando explicaciones de cada jugada del delantero francés. No lo entiendo si les soy sincero. Jornada 3, partido 4 pero la espada de Damocles pende sobre Kevin como si llevara 15 partidos fallando lo infallable y arrastrándose por el campo. Como si fuera una suerte de alter ego de Jackson Martínez, la sombra de Costa resulta asfixiante para un delantero que no se rinde pero que siente como el volumen de ruido crece pero no su cuenta de goles. La típica angustia del 9 que en el Atleti parece haberse convertido en el debate preferido. La desmemoriada afición no recuerda los pitos a Falcao antes de que llegara Simeone o el debate nacional que se montó sobre la renovación de Torres hace sólo unos meses por poner sólo dos ejemplos. Si no, se dejaría de pegar disparos en el pie con un delantero que lleva jugando pocos partidos y muestra signos de poder conformar un buen dúo con Griezmann. Triunfará o no pero denle diez partidos. Los delanteros necesitan tres cosas para triunfar: talento, tiempo y tranquilidad. No le roben lo último a un jugador que puede ser muy válido y al que muchos culpan de que no llegara Costa. En todo caso el culpable no estaría en el campo (ni en la banda) sino en otra parte del campo, dejen de mirar al dedo y miren a la luna. O mejor aún, miren al campo para no perderse el abrazo de gol de Gameiro.
Paró Oblak, nada nuevo bajo el sol
Algún mensaje desacertado se alegraba del paradón en el penalti de Oblak acordándose de los que no se paró en Milán. Deben haber olvidado el de Múnich. Deben haber olvidado lo mucho que hizo en los dos años que lleva en la portería del equipo. Sólo hay una cosa peor para una afición que ser desagradecida, ser desmemoriada y olvidarse de donde viene.
Fotografía: EMMANUEL DUNAND/AFP/Getty Images






















