QUÉ FUE DE: Hoy perdido en el fútbol tailandés, Germán Pacheco fue un día la sensación de la cantera rojiblanca. Las malas decisiones y la sucesión de mala suerte provocaron que nunca llegara a debutar en partido oficial.
Con el dorsal 30 a la espalda, en pleno verano de 2009, un chico de 18 años recién cumplidos saltó al césped del Emirates Stadium y en apenas unos minutos maravilló a todos. Cuando uno tiene a Agüero y Forlán en su plantilla, puede esperar cualquier cosa. El caso es que no fueron ellos, y sí Germán Pacheco, quien asombró al público que allí se dio cita en un recital de movimientos, de juego en corto y en largo y con un tanto que adelantaba a los colchoneros en la Emirates Cup de pretemporada ante el Arsenal. Al final, Arshavin acabaría dando la vuelta al marcador con dos diabluras en el alargue, pero la actuación del canterano rojiblanco no se pudo ya borrar.
Meter prisa a los chavales no es bueno para ellos, algo que bien sabe Germán Pachecho. Nacido en Argentina en 1991, Pachecho llegó al Atleti con 16 años para destacar desde su debut en la Academia. El día que el Atlético le probó marcó 3 goles y rápidamente fue fichado. Coincidió entonces con Borja Bastón (un año menor que él) en la delantera y fue la lesión de gravedad de éste la que le permitió dar un paso adelante en su entonces corta carrera.
Y es que sólo tenía 17 años y ya estaba rozando el cielo (Busquen vídeos en Youtube). Primero, con una exhibición ante el equipo juvenil del Real Madrid en el partido crucial por el campeonato. Los rojiblancos llegaban sin Borja, baluarte de la plantilla, pero con un Germán encendido ante el eterno rival colchonero que hizo los 3 goles que tumbaron a los blancos. Uno de penalti, otros dos de jugada individual. Arrancando desde la derecha, con una zurda prodigiosa, era capaz de zafarse de sus rivales y aparecer por dentro para disparar a portería. Su jugada favorita.
Estas actuaciones provocaron que Abel Resino se lo llevara a la ya citada antes pretemporada rojiblanca, donde su segundo partido, ante el PSG, fue incluso mejor que el del debut. Con un golpeo a balón parado a la altura de muy pocos a esas edades, rápido se le empezó a comparar con Leo Messi y las federaciones internacionales empezaron a interesarse primero por su situación para pelearse por él poco después. Desde las categorías inferiores de la selección española se trabajó a destajo para que la joven perla rojiblanca fuese seleccionable por el equipo nacional, y bien pronto se le empezó a seducir con entrenamientos con los chicos de Del Bosque con sólo 17 años, además de algún que otro paso por las categorías inferiores. Aunque terminó marchándose con la albiceleste. Siempre lo tuvo claro.

«Sé que es una citación para un entrenamiento. Y que debo seguir trabajando mucho en mi club para que vuelvan a citarme. Pero para mí es un orgullo. Hoy no pienso en qué selección quiero vestir. Pienso que tengo una oportunidad única de representar un país que le abrió los brazos a mi familia, y donde mi familia es feliz. Y daré lo mejor de mí. Si luego me llaman de Argentina, se analizará con mi familia y con mi representante», señaló en su día el argentino, preguntado por la llamada de Del Bosque para que fuera sparring de los mayores.
Fuera como fuere, semanas antes de aquella pretemporada, Pacheco, con 18 años recién cumplidos, acabó yéndose a jugar el Torneo Esperanzas de Toulon, con chicos tres años mayores que él, coincidiendo con una generación de jugadores como Banega, Perotti, Papu Gómez o Diego Bounanotte.
Uno paseaba por ambientes colchoneros, ya fueran virtuales o en simples bares, y la sensación para con él era la misma: ¡Que se quede, este chico es mejor que Sinama! (entonces suplente del Kun y Forlán). Y claro, la esperanza de tener ‘un nuevo Agüero’ gustaba.
La presión era máxima. Pero en el fútbol, como en todo, tiene que existir una pizca de suerte, que confíen en ti, y sobre todo, que te pongan. Sin casi haber jugado en el equipo C colchonero, Pacheco era un prodigio que ya estaba hecho para jugar en Primera, pero no había que quemarle, poco a poco, se pensaba desde el club. Tarde. Al chico le habían prometido el oro y el moro y sin siquiera haber jugado como profesional de forma oficial, Abel decidía no contar con él y mandarle cedido al Rayo Vallecano en Segunda División para seguir aprendiendo. Y aunque parezca una tontería, hay chicos que no valen para Segunda y sí para Primera.
Su debut no pudo ser mejor, con dos goles en la primera jornada frente al Albacete jugando los 90 minutos. Un mero espejismo. Aquel Rayo no andaba muy bien y la permanencia en 2ª era el objetivo inmediato. Con Aganzo, Collantes, Pachón o Rubén Castro entre otros en plantilla, Pacheco quedó relegado a un segundo plano y Pepe Mel, entonces entrenador del equipo, decidió apostar por los jugadores veteranos para retomar el curso de la temporada. Y le salió bien, pero no a Pacheco.
Nueve partidos y 300 minutos después, su vuelta a la casa rojiblanca era una realidad. Pero al equipo B, para recuperar sensaciones y llegar a Primera cuanto antes. O al menos esa era la teoría. Allí se encontró con 2 grandes problemas. El primero era su falta de confianza. Pacheco había perdido la sonrisa y lo que es peor, la confianza en su juego. «No es el mismo», decían. El segundo medía 1’90cm, era senegalés y se llamaba Ibrahima Baldé, que en ausencia de Borja Bastón y del argentino, se había hecho con un puesto en la delantera del filial.
Ni en la derecha, ni en la izquierda, ni en la mediapunta, ni de referencia. Pacheco sólo se parecía a Charles Barkley en la película Space Jam tras haber perdido sus habilidades. Sinama ya no estaba en la primera plantilla e Ibra se hizo habitual en las convocatorias de Quique (fichado en sustitución de Abel), pero ni por esas. Borja, en estado de recuperación aún, era una opción más viable aún que el argentino para la punta del filial.
Su futuro era una incógnita. Cappa lo quería a toda costa para su Huracán, confiaba en él. Pacheco sólo quería regresar a Argentina para intentar reencontrarse al lado de los suyos. El destino le era indiferente, aunque prefería Vélez, su casa, allí donde todo había empezado con sólo 13 años.
Al final fue Independiente de Avellaneda el equipo afortunado de conseguir los servicios del joven talento. Sus inicios fueron prometedores pese a no conseguir encontrar portería, pero las criticas por haber marcado sólo un gol en 11 partidos eran demasiado para un jugador frágil de mentalidad. A Menotti no le importaba, le aportaba muchas más cosas que el gol. «Un delantero puede jugar bien o mal, pero si no marca va a ser criticado. Germán tiene ese problema, juega bien, pero no anota», decía de él. Fue demasiado. Y de nuevo se le apagaron las luces. Otra vez el fantasma de Barkley.
Se deshinchó cual globo. Ya no marcaba, pero tampoco aportaba y las apariciones fueron cada vez más esporádicas, hasta que tuvo que volver al Atlético en un viaje de ida y vuelta. Su nuevo equipo era Gimnasia y Esgrima, donde ahora dirigía un Ángel Cappa que se había encaprichado de Pacheco dos años antes, con el que contaba para formar una delantera terrible junto a Schelotto. El joven talento defraudó y Cappa, quien más había confiado en él, se desesperó. Tocado y hundido. Un quiero y no puedo que volvió al Atlético una última vez para rescindir contrato. Su sueño de «triunfar en el Calderón y ser como Kiko» se desvanecía para siempre.
Sólo 2 años después de llamar a las puertas de los mejores equipos, de asombrar en el Emirates y de hacer que Argentina, España e Italia (de donde posee raíces) se pegaran por hacerse con sus servicios en el combinado nacional, Pacheco no era nadie, no tenía equipo. Ni estaba ni se le esperaba.
En un intento de recuperar el crack que llevaba dentro, el Karpaty ruso le contrató, pero en los 6 meses que duró su estancia allí pasó con más pena que gloria. Si a todos los problemas del chico le añades el cambio de frío y de clima, el resultado es Germán Pacheco en su peor versión.
En Perú, una liga menor, se fijaron en el jugador, con un cartel aceptable en sudamérica. Unión Comercio fue su destino, donde sólo estuvo los últimos 6 meses de la temporada pasada. Tras hacerlo muy bien, uno de los mejores equipos del país, Juan Aurich, se hizo con sus servicios. Allí mostró su mejor versión, por fin, después de mucho buscarla. Tanto que el Córdoba, entonces en Segunda División, se atrevió a traerlo de vuelta a España a préstamo. Y Pacheco no lo hizo mal, logró repartir varias asistencias y cuajar buenas actuaciones, pero nunca se sintió cómodo. Pidió volver al Juan Aurich y tras unos meses en Córdoba retornó a Perú.
Allí pasó los mejores años de su corta vida deportiva. Logró llevar al Juan Aurich a ser campeón del Torneo Apertura (la única en su historia) y a un subcampeonato de Primera. Y como Pacheco no había llegado a debutar nunca con ninguna selección absoluta, desde Perú se creó una campaña para que pudiera conseguir la nacionalidad peruana y ser seleccionable. Ya le imaginaban en una delantera junto a Paolo Guerrero y Farfán.
Tras numerosos entorchados individuales y actuaciones de gran nivel, Alianza de Lima, uno de los tres titanes del país, quiso ficharle. Él, en cambio, ni se pensó la propuesta, pero también rechazó renovar con Juan Aurich y puso rumbo al fútbol malasio con tan sólo 25 años. Salió mal de Perú y del Juan Aurich, que entendió que tras haberle devuelto la confianza se marchaba para ganar dinero. Tras unos meses en el Pahang FA donde marcó goles a raudales (debutó con un hat trick), empezó una aventura en Tailandia, de la que pronto se cansó.
Los caminos del fútbol pronto le devolvieron a su al fútbol perúano, aunque esta ver aterrizaría en Aliaza de Lima en enero de este año. Y es así como, con 25 años, Germán Pacheco ha vestido ya la camiseta de 11 clubes distintos. Ha pasado de brillar con la camiseta del Atléti en el Emirates ante el Arsenal, a perderse en la liga de Perú. Si hubo una palabra que definiera el juego de Germán Pacheco, esa fue ‘talento’. Pero en el fútbol también necesitas suerte, necesitas que te pongan, necesitas ser fuerte de mentalidad, tener las cosas claras. Porque si no, acabarás en un quiero y no puedo. Germán Pacheco, lo que pudo ser… y no fue.
Fotografía: Phil Cole/Getty Images






















